Lo que me queda por vivir.

Un fuerza natural, y digo bien natural, por descubrir lo que se escondía entre las ciento sesenta y tantas paginas de las que consta tan intensa novela. Una obra totalmente diseccionada, una obra matemática, estudiada hasta la extenuación. El lector no puede hacerse una idea de que eso este escrito por alguien que no lo haya vivido. A mi que me gusta tomar notas de las cosas que me abren las carne en esos papelitos amarillos con un toque adhesivo, he convertido la novela en un autentico árbol de navidad. Es admirable como se puede describir la vida de una forma tan honda desgarrando desde abajo. Es el primer libro que leo de Elvira Lindo y desde luego que desde hoy en que me lo he acabado he llegado a odiarla, pero odiarla de admiración, odiarla de envidia por poner cada frase, cada palabra en su sitio creando aromas de pueblo, olores del Madrid de los ochenta, un libro de ilusiones rotas, de expectativas truncadas, de recuerdos entrañables, sin lugar a dudas una ambrosia para mis estantes, un tesoro para compartir.

 

                                                           

                                                  

 

 


Lo que me queda por vivir. Antonia tiene veintiséis años cuando se ve sola con un niño de cuatro en el cambiante Madrid de los ochenta. La suya es la historia de un viaje interior, el de una mujer que se enfrenta a la juventud y a la maternidad mientras intenta hacerse un lugar en la vida, en una ciudad y en una época de tiempo acelerado, más propicio a la confusión que a la certeza, sobre todo para alguien que ha tenido una experiencia demasiado temprana de la pérdida y de la soledad. Lo que me queda por vivir es la crónica de un aprendizaje: cómo se logra a duras penas sobreponerse a la deslealtad; cómo el desvalimiento y la ternura de un hijo alivian la fragilidad de quien ha de hacerse fuerte para protegerlo. Lo que me queda por vivir tiene la fuerza de las novelas que retratan un tiempo al contar unas vidas singulares, hechas por igual de desamparo e inocencia. La escritura de Elvira Lindo alcanza aquí una belleza sobrecogedora, yendo derecha al nervio de las cosas, al corazón de esas verdades sobre la experiencia que sólo puede contar la ficción.

 

 

 

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